¿Y … como anduvo con lo de la Camila Vallejo?

Es lo que me pregunta la gente a cada momento de regreso en Ovalle luego de estar en Santiago donde participé en un foro panel en la Feria del Libro, actividad programada a la misma hora que otra en la que asistiría la atractiva dirigente estudiantil.

Pero contemos la historia desde un comienzo.

Yo había sido invitado para tomar parte en un foro programado por la SALC, de la Región de Coquimbo, en el que estarían además  los directores de los medios electrónicos El Vocero, Choapa – Manuel Bonifaz y Juan Marambio, respectivamente-  para referirse a la experiencia de estos emprendimientos digitales y su vinculación con la cultura.

Nuestro problema principal, lo sabíamos, era que a la misma hora, en una sala vecina, estaba programada la presentación de un libro de la editorial Aun creemos en los Sueños, en la que la invitada principal sería la Camila Vallejo.

A salida desde Ovalle en la medianoche del sábado la Gorda, mi esposa, me dio la bendición. Antes me acompañaba al terminal, y entonces se acercaba a los conductores del bus, para solicitarles:

-    El peladito del asiento 28 es mi marido, se les encargo. ¿Ya?.
-    Gorda, por favor, ya no sigas acompañándome al bus. ¿ya? – le pido desde entonces.

A mi llegada, después de viajar 400 kilómetros en posición de momia diaguita (es decir, con las rodilla pegadas al pecho) , sin haber podido pegar mas allá de dos pestañadas, encuentro un Santiago diferente al que dejé hace diez años, desde luego.

Son las diez de la mañana y  me instalo en un banco de la Plaza de Armas a esperar que abran un lugar en el que tomar desayuno. Decenas de peruanos rondan alrededor ,  a pocos metros un Reten Móvil en el que parecen dormir dos de carabineros, y un grupo de evangélicos que  llama a los transeúntes a arrepentirse. Me dan deseos de pedirles que prediquen mas bajo para no despertar a los carabineros.

Cerca de las once de la mañana recién comienzan a abrir las puertas los  locales, y a la salida empiezan a abrir los primeros kioscos de diarios. Compro uno y me instalo en un banco a informarme de lo que ha ocurrido en las últimas 24 horas. En un extremo de la plaza, un grupo de alrededor de doscientas personas hace fila para recibir un sándwich y un vaso de café. Luego se van a instalar a los bancos, alrededor mío pan en mano a consumirlo. Pienso que tal ve fue un error haber pagado dos mil pesos por un pan y una taza de café, y pude mejor haberme metido en la cola con peruanos, haitianos, y otros tantos oriundos del país.

Alguien me explica que los que reparten son comerciantes coreanos del sector, los que en agradecimiento por lo bien que los ha acogido Chile,  desde hace dos años retribuyen cada domingo ofreciendo un desayuno a los más desamparados.

Me prometo tomar la idea para mi próxima campaña a alcalde de Ovalle. Pero en lugar de una servilleta, entregaría un volante.

-    Me convida el diario, jefe – me pide uno de los tipos que está conmigo en al banco, al advertir que no sé que hacer con él en la mano al levantarme.

Y cuando me alejo en dirección al Centro Cultural Mapocho, él se queda leyendo, y tomando desayuno.

El resto de la mañana la paso recorriendo los puestos de la Feria del libro, buscando alguna oferta literaria al alcance del bolsillo de un escritor cerruco. Y saludando aquí y a allá a  amigos escritores que firman libros como malos de la cabeza y a los que no veo desde hace tiempo.

Ahí están Hernán Rivera Letelier, Ramón Díaz Etérovic, Rolando Rojo, José Luis Rosasco (que además ahora es concejal) y José Ignacio Valenzuela, el más popular de los escritores de telenovelas de Chile. Entre estas  “Dama y Obrero” . En la actualidad está radicado en Estados Unidos y se encuentra de paso en Chile. Cuando me vé,  interrumpe la firma de libros para levantarse y acudir a mi encuentro para darme un abrazo.

El “Chascas” está igual, como cuando hace veinte años vino a la primera Feria del Libro de Ovalle, acompañando a su tía Ana María Guiraldes y no tenía mas allá de dieciséis años. Ha vuelto un par de veces mas y nunca ha dejado de recordarnos.

-    Es que me gusta mucho Ovalle, en serio – le dice a una señora que espera en la fila a que le firme un libro y a la que eso le importa un cuerno Ovalle . Ella quiere su libro firmado por un famoso de la televisión.

Después de almuerzo vamos con mis anfitriones a la sala Joaquín Edwards Bello, donde será el foro. El lugar es pequeño, pero está fresco y acogedor, lo que se agradece, porque afuera parece haber treinta cinco grados a la sombra.

Esa es la noticia buena. La mala es que no hay nadie, pero cuando nos hacíamos la idea que tendríamos que exponer en una sala vacía, tímidamente comienza a hacer su aparición alguna gente. Familiares de los expositores, escritores amigos de otras regiones que han venido a solidarizar con sus colegas, organizadores. Y la sala queda a medio llenar.

También llega la Bárbara, mi hija menor, que está en Santiago. Ella no viene a apoyarme, desde luego, sino obedeciendo instrucciones de su madre, la Gorda:

-    La mamá dice que no vayas a decir tonteras, y que no se te vaya a trancar el choco cuando hables – me dice al oído.

Explicó: sufro desde mi niñez un terror enfermizo a los micrófonos, y además soy irremediablemente tartamudo, y cuando se juntan micrófonos y hay mas de cuatro ojos que me estén mirando fijamente mientras hablo, me voy a negro, y se me “tranca el choco”.

Lo cierto es que ese parecía ser el menor de mis problemas. Después de no haber dormido en el viaje, haber caminado toda la mañana en busca de un lugar en el que desayunar, los treinta cinco grados de temperatura de Santiago, absolutamente deshidratado, la edad,etc., a esa hora lo único que deseaba era una cama en la que recostarme y dormir, dormir, y dormir. Además que es la hora de la siesta.

-    Si me duermo durante el foro, por favor pídele al público que no aplauda muy fuerte para no despertarme. ¿ya? – le pido al oído a Gabriel Canihuante, el conductor del   panel.

¿Qué es poca la asistencia? Vamos, me estimula recordar a los evangélicos de la mañana predicando a una Plaza vacía .

Entonces de pronto aparece en la puerta Arturo Volantines, coordinador del evento, que informa alegre:

-    No vino la Camila Vallejo, no vino la Camila Vallejo…

Es que ella era la figura principal de la presentación de un libro de la editorial Aún creemos en los sueños” que sería presentado en una sala vecina, y que sería dura competencia para nosotros. Como si jugara el Colo y la U en la cancha principal del estadio nacional, y nosotros a la misma hora, en la cancha 2.

Y el ambiente se relaja en la sala. Expositores, público y otros invitados, sonríen. Sólo falta alguien que aplauda.

-    Parece que tuvo miedo de competir conmigo, ¿no? – pienso en voz alta.

Y todos me miran, no sé si sorprendidos o asombrado, como diciendo. ¿y este de donde salió?

Pero bueno… si no lo digo yo. ¿Quién entonces?

Y mi hija, desde la fila del fondo mueve la cabeza  con reproche:

-    ¿Y que fue lo que te mandó a decir la mamá, ah?

Mario Banic Illanes

Escritor