Recibir los resultados de la PAES es un hito de alta intensidad emocional. Para la gran mayoría de los jóvenes, el puntaje obtenido, más que un dato numérico, es el espejo donde buscan ver reflejados meses —o años— de esfuerzo, las expectativas de sus familias y, sobre todo, sus propios proyectos de vida. Por eso, cuando el resultado no coincide con lo esperado, el impacto no es exagerado ni trivial: es un duelo que merece ser respetado.
Por estos días la conversación gira en torno a rankings y postulaciones, es comprensible que aparezcan emociones como rabia, frustración o una profunda tristeza. Sin embargo, en nuestra cultura de la inmediatez, suele activarse una fuerte presión por «dar vuelta la página» rápidamente. Escuchamos frases bienintencionadas como «no es tan grave» o «ya pasará», que, paradójicamente, pueden aumentar el malestar al invalidar la experiencia interna del estudiante.
Antes de correr a buscar soluciones académicas, es fundamental pausar. La decepción necesita ser nombrada y elaborada. Permitirse decir «esto duele» y detenerse un momento es, de hecho, la condición necesaria para recuperar la claridad mental requerida para tomar decisiones futuras.
Uno de los riesgos más silenciosos en este proceso es que el estudiante comience a definirse a partir de ese número. Es vital recordar —y recordarles— que la PAES evalúa un desempeño en un contexto específico y bajo condiciones determinadas, pero jamás mide el valor personal, la inteligencia ni el potencial humano. Cuando confundimos el resultado con la identidad, la autoestima se fractura. Separar el «quién soy» del «cuánto saqué» es la tarea más importante de esta etapa.
Aquí, el rol de las familias es insustituible. Para madres, padres y cuidadores, ver la desilusión de un hijo despierta sus propios temores sobre el futuro. No obstante, el mejor acompañamiento no es el que ofrece respuestas urgentes, sino el que ofrece «puerto seguro». Se trata de sostener sin juzgar, evitar las comparaciones odiosas con otros pares y transmitir, de forma explícita, que el vínculo afectivo es incondicional y no depende de un éxito académico.
Una vez que la marea emocional baja, llega el momento del realismo reflexivo. No para buscar culpables, sino para entender las causas. ¿Las condiciones de estudio fueron las adecuadas? ¿Hubo trayectorias escolares discontinuas? Este análisis permite ajustar las expectativas, diferenciando entre el deseo y las posibilidades reales del momento.
Un resultado adverso duele, pero no clausura el futuro. Las trayectorias vocacionales rara vez son líneas rectas; a menudo se enriquecen con los desvíos, las pausas y los reajustes. Ya sea explorando nuevas vías de ingreso, ajustando la vocación o decidiendo prepararse nuevamente con mayor consciencia, hay vida después de la entrega de puntajes. Transformar la decepción en una oportunidad de aprendizaje y autoconocimiento es, quizás, la lección más valiosa que deja este proceso.
María José Millán Monares
Académica Psicología
Universidad Andrés Bello

