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Opinión: La autopista del sur

El conductor que viene detrás toca la bocina una y otra vez, como si eso fuera la solución a las calles angostas, en mal estado, llenas de parches y toca como exigiéndome que avance. Bajo la ventanilla, le hago el gesto de “¡vuela poh’!” acompañado de un garabato de grueso calibre. A esa altura de la exasperación, es  gratificante.

Quedo detenido en el tiempo y en el espacio, literalmente. Hay cinco vehículos delante cuando nos detiene la luz roja. En seguida una luz verde. Otra luz verde. Una tercera luz verde. Los bocinazos comienzan a escucharse cada vez más seguido.  Y aun así no nos movemos ni un centímetro. “¿Será un accidente?” . Alargo el cuello para intentar ver qué sucede, pero solo  veo una interminable hilera de  vehículos hacia arriba, hacia abajo, hacia adelante. “La autopista del sur” pienso.

Estoy inquietamente quieto. Pienso en que voy hacia El Mirador y a la Vista Hermosa y que debo entrar a esos benditos pasajes. Los pasajes  son tan angostos que espero que no hayan vehículos estacionados entre la calle y un antejardín; si hay dos autos, uno a cada lado, ya no podré pasar. 

Los genios que construyeron las poblaciones deben haber creído que las familias que allí vivirían nunca tendrían automóviles y hoy tienen que turnarse para poder salir de esos pasajes.  Miro el semáforo otra vez. Al menos éste funciona en tiempos adecuados, no como  los que están en el Mall, que nunca funcionan bien, con esas flechas de viraje o esa luz roja sin sentido que lo único que hace es demorar a todo el mundo innecesariamente.

Peor es el de Los Peñones, en el cruce hacia la costanera cuya luz verde que permite la pasada en dirección a Sotaquí es tan corta que con suerte alcanzan a pasar tres automóviles. Deberíamos dar un premio a los genios que programan esos semáforos.

Sigo esperando avanzar. Nada. Pienso en los estacionamientos. Con tal cantidad de vehículos circulando, encontrar un espacio para aparcar  es casi mágico. Y no sólo en el centro. Por ejemplo, entre el Colegio San Viator y el Colegio de Artes, hay que repartirse los estacionamientos entre apoderados, funcionarios  de ambos establecimientos y los que buscan ahí un espacio para estacionar.   Hay que tener paciencia y respeto. Recuerdo que  en el Colegio de Artes había reunión de apoderados y muchos  ocuparon los estacionamientos del lugar.  Pues  alguien del Colegio San Viator, según contaron, un/a apoderado/a conductor/a de un furgón escolar  llamó a Carabineros pues “no le permitían estacionar”. El sector para furgones estaba ocupado por vehículos de apoderados/as en la reunión, pero eran las siete de la tarde y a esa hora no estacionan ahí los transportes escolares. 

La cosa es que llegó Carabineros y sacó partes a diestra y siniestra sólo porque una persona se creyó con más derechos que otros. Si no hay estacionamiento  hay que ser más tolerantes. Vivimos en una ciudad atestada de vehículos y seguirá así, peor aún.

Avanzo media cuadra y sigo en el atasco (así se llaman, no “tacos”) Veo la hora. 19:23.  El conductor que viene detrás toca la bocina una y otra vez como si eso fuera la solución a calles angostas, en mal estado, llenas de parches y desniveles. Y toca como exigiéndome que avance. Bajo la ventanilla, le hago el gesto de “¡vuela poh’!” acompañado de un garabato de grueso calibre. A esa altura de la exasperación, es  gratificante.

Lo admito, a veces soy yo quien toca la bocina y putea a los de adelante. Respiro hondo. Avanzo una cuadra y nuevamente, no avanzamos. Veo a los conductores tras las ventanas sacándose los mocos, moviendo la cabeza con la música que van escuchando, viendo el móvil, conversando con el acompañante. ¿Cómo terminaba ese cuento? 

Saco mi teléfono móvil, aprovechando la luz roja eterna y «gugleo» La Autopista del Sur. Algo recordaba de sus últimas líneas. Pienso que sí, que estoy, que estamos metidos en la autopista del sur, pegados en el atasco sin que ya se supiera bien por qué tanto apuro, por qué esa carrera en la noche entre autos desconocidos donde nadie sabía nada de los otros, donde todo el mundo miraba fijamente hacia adelante, exclusivamente hacia adelante”.

Grande Cortázar. Grande.


 

 

 

 

K Ardiles Irarrázabal

Columnista

OvalleHoy.cl