Aunque el empleo en la zona muestra signos de recuperación con más de 400 mil ocupados, las mujeres enfrentan una tasa de desocupación del 10% y niveles de precariedad laboral que superan el promedio nacional.
El mercado laboral de la Región de Coquimbo atraviesa un fenómeno de contrastes. Según los datos del último Termómetro Laboral, la zona alcanzó un total de 404.200 personas ocupadas durante el primer trimestre de 2026, lo que representa un incremento de 20 mil trabajadores en comparación al año anterior. Sin embargo, este crecimiento esconde una realidad desigual: mientras la participación de las mujeres en el mundo del trabajo creció ocho veces más rápido que la de los hombres, estas siguen siendo las principales víctimas de la precariedad y el desempleo.
A pesar de que las mujeres están ingresando con fuerza a la fuerza laboral y las cifras de inactividad por razones familiares han disminuido, la desocupación femenina se mantiene en un 10%, una cifra considerablemente superior al 6,7% registrado en los varones. El punto más crítico radica en la calidad de estos nuevos puestos, ya que el 32,9% de las trabajadoras de la región se desempeña en la informalidad, una estadística que supera la media del país y que carece de protecciones sociales básicas.
En el análisis global, la tasa de desocupación regional bajó al 8,1%, su nivel más bajo en un extenso periodo. Este alivio en las cifras generales se explica por una sólida recomposición de sectores clave; el comercio lideró la creación de empleos con 7 mil nuevas plazas, mientras que la minería mantuvo un crecimiento sostenido del 14,3% en la contratación formal. Además, el informe destaca que las remuneraciones por hora crecieron por sobre el costo de la vida, otorgando un mayor respiro económico a los hogares.
Desde el Observatorio Laboral de la Región de Coquimbo, organismo técnico a cargo del estudio, advierten que el monitoreo mensual de estos indicadores es vital para identificar dónde persisten las brechas de género. El desafío actual de la región no es solo generar cantidad de empleos, sino mejorar la calidad de los mismos, asegurando que la masiva incorporación de la mujer al trabajo se traduzca en contratos estables, derechos previsionales y oportunidades de desarrollo real.
La persistencia de una informalidad estructural sugiere que, pese a los avances en sectores productivos como la minería y el comercio, el mercado local aún no logra absorber de manera equitativa a la fuerza laboral femenina. La tarea pendiente para la zona radica en coordinar esfuerzos que permitan transformar este auge de participación en una integración laboral protegida y sostenible en el tiempo.

